Cuando se cae un ídolo: El día que entendí que no todas las personas pueden cuidarme
Porque cuando un ídolo cae, no solo perdemos a la persona tal como la veíamos.
También se cae:
una referencia,
una sensación de seguridad,
una historia que nos contábamos,
una parte de nuestra identidad.
No importa qué tipo de ídolo sea:
alguien que admiras en la chamba,
un familiar,
una amistad,
una pareja,
una mentora.
Alguien a quien admirabas y, de pronto, algo se rompe.
Aceptar que no todo vínculo puede ser reparado.
Por ahora no puedo hablar abiertamente de personas específicas que me duelen, desafortunadamente, a mis 41 años se han caído muchos ídolos.
Solo puedo decir que ha sido un trabajo de años entender que no solo se me cayeron personas: también se me cayeron ideas.
La idea de que eran diferentes.
La idea de que “nunca harían algo así”.
La idea de que podía confiar sin reservas.
Hay duelos que no vienen de una muerte, sino de darte cuenta de que ciertas personas —incluso familia— no pueden cuidarte como esperabas.
El duelo no es solo por lo que pasó, sino por lo que ya no es posible.
Muchas veces nos reflejábamos ahí.
Yo recuerdo una infancia llena de “quiero ser así”.
Y justo eso es lo que duele.
Por eso no es exageración.
Durante años me repetí cosas como:
“no es para tanto”,
“ha tenido muchas heridas”,
“debo ser compasiva”,
“nadie es perfecto”,
“está actuando desde sus carencias”,
“venimos de un linaje de violencia”.
Hoy entiendo que nada de eso ayudaba.
Lo que había —y sigue habiendo— es una mezcla de emociones:
decepción, enojo, tristeza, confusión.
Y aunque me costó mucho aceptarlo, negar todo eso solo alargaba el proceso.
Hace unos días, en el Club del Duelo, Lizzy dijo algo que se me quedó grabado:
es importante separar a la persona del pedestal.
Idealizar es humano.
Pero sostener ídolos nos deja en posiciones frágiles.
Una caída puede ser una invitación incómoda —pero poderosa—
a ver a las personas con luces y sombras.
No para justificar lo que hicieron,
sino para bajarlas del pedestal.
Bajarlas del pedestal no es deshumanizar:
es recuperarte a ti
y devolverte al centro.
Separar a la persona del pedestal no es castigarla,
es dejar de ponerte tú en riesgo.
A veces el crecimiento no es aguantar más,
sino dejar de hacerlo todo.
A veces duele tanto porque esas personas representaban algo que anhelábamos:
coherencia,
valentía,
seguridad,
aprobación,
guía.
Por eso la pregunta no es solo:
“¿por qué me falló?”,
sino también:
“¿qué estaba buscando yo ahí?”,
“¿qué me hace sostener una relación así?”.
Superar la caída de un ídolo no significa borrar lo vivido ni invalidar lo bueno.
Significa integrar la experiencia sin traicionarte.
Quedarte con los aprendizajes.
Soltar la fantasía.
Seguir caminando con más criterio y más límites.
Cuando un ídolo cae, algo se reacomoda.
Y aunque al inicio se siente como una pérdida,
muchas —la mayoría de las veces— es crecimiento.
Poder ver luz y sombra sin justificar daños.
Menos idealización.
Más discernimiento.
Más tú.
Si estás atravesando una decepción personal, laboral o relacional
y sientes que te movió más de lo que esperabas,
acompañarlo puede hacer toda la diferencia.
🤍 En SéComunidad acompañamos procesos así, con respeto y profundidad.
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